Thursday, August 03, 2006



LOS MIL GOLES NO SON UN MILAGRO
Nunca me voy a olvidar de aquel noviembre de 1969 cuando mi viejo decidió llevarme a conocer lo que para mí era el famoso estadio del club Sportivo Carlos Salas.
Yo tenía apenas 8 años, y desde que tenía uso de razón habían quedado retenidos en mi memoria cientos de hazañas deportivas relatadas con cuidadosos detalles por mi Padre.
En esas épocas en donde la televisión era un pequeño pasatiempo y donde la lectura y los cuentos atrapaban nuestra imaginación con fantasías gigantescas y sueños en colores, era mi viejo quien se encargaba finalmente de incrementar mi asombro y mi admiración por su glorioso pasado en la primera de aquel club de Carlos Salas, una localidad del partido de Lincoln provincia de Bs. As.
Fue la mañana del 19 de noviembre en que salimos desde Lujan con la camioneta Fiat multicarga 1500, mi padre tenia la particularidad de decidir los viajes de improviso y a veces tomábamos la ruta y no sabíamos hacia a donde se dirigía, a él le encantaba visitar viejas estaciones de tren alejadas y hasta abandonadas, quizás sus raíces ferroviarias lo impulsaban a buscar un lugar en donde un humeante expreso estaría por llegar.
El sol comenzaba a mostrarse cuando tomamos la ruta siete y papá muy exultante nos dijo: Hoy van a conocer el lugar donde nací, vamos a visitar Carlos Salas.
En ese momento sentí que ese podría llegar a ser el día más emocionante de mi vida, por fin podría conocer el famoso estadio del Sportivo y las huellas que mi viejo había dejado en tantas tardes de domingo jugando en la Liga Lincoleña.
Los kilómetros pasaban y el destino no llegaba, el viaje sé hacia muy monótono y no podía observar mas que el clásico campo, agua y vaca. Imaginaba las tribunas y los arcos con red, imaginaba el pueblo entero dando una vuelta olímpica por la clásica calle principal que seguramente pasaría por la Iglesia y terminaría indefectiblemente en la estación, la impaciencia era impiadosa con mi ansiedad.
En cierto momento la ruta dejo de ser asfaltada para transformarse en un camino de tierra maltrecho y polvoriento, algo inquietaba mis pensamientos mientras trataba de aferrarme a esos sueños que sospechosamente se iban esfumando.
Doblando una curva, donde un gran charco de agua hacia indivisa la huella del camino, se pudo observar un par de caseríos, construcciones viejas asentadas en barro pero con techo de chapa. Papá detuvo la camioneta, nos miro a todos y con una voz de presentador nos dio la bienvenida a Carlos Salas.
Instantáneamente aquel sueño se enfrentaba ahora con una realidad tan alterada como inevitable, es que ese pueblo de calles de tierra con apenas 60 casas nunca podía llegar a ser el de mi sentida imaginación. El estadio del Sportivo era tan solo un campo con algunas vacas pastoreando, dos arcos con travesaños curvos y tres hilos de alambre de púas oxidados que bordeaban todo su perímetro.
Ese día el pueblo estaba de fiesta, en principio pensé que era porque sabían del regreso de papá pero después nos enteramos que ese día sé inauguraría, el alumbrado con luz de mercurio. Nuestra recorrida termino en el almacén de ramos generales propiedad de Lorenzo Zurita entrañable amigo de mi viejo y portador de mil anécdotas de aquellos años mozos que ambos supieron compartir.
Lorenzo era un de los tipos más populares del pueblo, en su negocio se podía encontrar desde un apero hasta agujas de tejer, pasando por azúcar en terrones, lanza perfumes y faroles de querosenes. Ese día en que mis sueños se habían desvanecido bajo la misteriosa realidad de ese pueblito bien pampeano el propio Lorenzo se encargo de reanimarlos, cuando la noche iba cayendo desenfundo un antiguo bandoleón y comenzó a tocarlo brindando un concierto suave de cansonetas Italianas y milongas tristonas mientras sus relatos de aquellas épocas de trenes de pasajeros repletos y cosechas buenas volvían a hacer funcionar mi infinita imaginación.
A eso de las ocho de la noche un montón de parroquianos comenzaron a llenar el negocio de Don Zurita, todos se iban amontonando en el fondo del local. Intrigado me fui desplazando entre las cajas y estanterías hasta poder ver lo que ellos miraban. Allí sobre una tarima de madera oscura y alta había nada menos que el único televisor del pueblo, por supuesto que para aquellos años un valvular blanco y negro marca Queipark era todo una excentricidad, una raya vertical cada tanto barría la pantalla mientras las imágenes del canal trece dejan ver que es lo que pasaba en el mundo. Zurita había montado una gran antena atrás del almacén que sobresalía de la monótona edificación del poblado, gracias a la misma podía captar la repetidora que se encontraba en Carlos Casares y si el tiempo era bueno hasta se veía el canal 8 de 9 de Julio
Todos esos hombres con bombachas, boinas y alpargatas, de rostros curtidos y ojos renegridos mantenían un supremo silencio mientras trataban de entender que es lo que decía el locutor del noticiero, es que el sonido del cuadrado Televisor no era de lo mejor, distorsionaba en agudos molestos o graves gomosos.
Que les importaría a esos paisanos que pasaba en Vietnam o para que el hombre hubiera llegado a la Luna, o porque había un militar de presidente, ¡aun hoy no lo sé!
En un momento un bullicio quebró la tranquilidad del lugar, mientras otra barra negra cortaba el vertical de la pantalla, un jugador de Fútbol con camiseta blanca y piel negra convertía en brasil su gol numero mil. Era un tal Pele, el famoso rey.
La discusión apago definitivamente el débil volumen de la tele. Es imposible que un jugador de fútbol pueda hacer mil goles, decían unos. Esto es una mentira para agigantar aun más el mito del rey, decían otros, en tono cada vez más fuerte. Los que estaban mas atrás insistían en decir que el Negro era un genio y que merecía el reconocimiento mundial.
La paz la trajo el propio Lorenzo Zurita quien apagando el valvular les dijo a todos sus vecinos: Si quieren creer en milagros miren para afuera y así verán que en la calle es casi de día cuando son las nueve de la noche, no me vengan con los mil goles mentirosos de Pele, nadie puede hacer mil goles, pero nosotros aquí en Carlos Salas por fin tenemos luz de mercurio, eso si es un milagro.
Aquel día marco un punto de inflexión en mi vida, mi edad de sueños y fantasías había llegado a su fin. Quizás con tristeza encontré el desengaño. Mi padre no era un Prócer del Deporte y el mítico Carlos Salas era sí un pueblo en vías de extinción. Lo que decía la Tele no siempre era verdad y que por sobre todas las cosas la Luz de Mercurio era un milagro que todas las noches se dejaba ver.
Durante mi adolescencia siempre sostuve en las discusiones futboleras que era imposible que un jugador fuera capas de hacer mil goles, que lo de Pele había sido solo propaganda para inflar a un extraordinario Futbolista con miras a endiosarlo para que luciera mas en el mundial del 70, donde definitivamente se coronaria como él REY
Pasaron más de 36 años donde trate de mantener firme ese principio que había adquirido aquel DIA de agosto de 1969, pero un milagro ocurrió y yo fui testigo presencial.

Una tarde de Julio del 2006, cuando él frió hacia señas polares un amigo del alma, un tal Jorge Porta, volvía a reflotar mis épocas de sueños y fantasías.
Jorge a quién cariñosamente le decimos Jorgito, me había comentado un par de años atrás que él iba a llegar a convertir mil goles, que para ese entonces ya llevaba mas de ochocientos, los cuales eran fácilmente demostrables. Fue desde ese momento, en que decidí llevar la contabilidad de sus goles sábado a sábado, era como un desafió personal. Quizás quería convencerme por mí mismo que eso de los mil goles era realmente imposible y que mejor oportunidad para demostrarlo no volvería a tener.
O quizás también, quien sabe, algo en mi interior me dijo que esta vez si pudiese comprobar que lo de Pele fue verdad.
El asunto es que cuando se moría el partido, que había tenido muchas situaciones de gol y se torno realmente divertido, con un justo golpe de cabeza, Jorgito, convertía su gol numero mil, según mis apuntes y anotaciones, lo había logrado.
Desde ya que no hizo falta que un canal de televisión lo certificara, era suficiente que sus amigos lo supieran.
Mientras Jorge elevaba su puño al cielo festejando su logro máximo, yo veía el rostro de Don Zurita que entre los álamos deshojados insistía: “Parece que es posible, al final se dio, alguien llego a los mil goles pero para mi un milagro, insistió, es la luz de mercurio”.
El gol de Jorge lo festejamos todos, hasta los del equipo contrario, el partido término y el sol cayo estrepitoso, misteriosamente se hizo de noche. Los mil goles no fueron un milagro, claro esta, pero lo curioso es que en la calle la luz de mercurio brillaba como nunca.